Pascua

Querido (a) Hermano (a):
Durante siglos, las generaciones cristianas han acompañado
a Cristo camino del Calvario, en una de las más hermosas devociones
cristianas: el Vía Crucis. ¿Por qué no intentar
no «en lugar de», sino <<además de>>
acompañar a Jesús también en las catorce estaciones
de su triunfo? Esta meditación pascual es la que les ofrece
Pro-Fe.
Camino de Luz
PRIMERA
ESTACION: Jesús, resucitado,
conquista la vida verdadera.
Pasado el sábado, ya para amanecer el día primero de
la semana, vino María Magdalena con la otra María a
ver el sepulcro. Y sobrevino un gran terremoto, pues un ángel
del Señor bajó del cielo y, acercándose, removió
la piedra del sepulcro y se sentó sobre ella.
Era su aspecto como el relámpago, y su vestidura blanca como
la nieve. De miedo de él temblaron los guardias y se quedaron
como muertos. El ángel, dirigiéndose a las mujeres,
dijo: No temáis vosotras, pues sé que buscáis
a Jesús el crucificado. No está aquí; ha resucitado,
según lo había dicho. Venid y ved el sitio donde fue
puesto (Mateo 28,1-6).
Gracias, Señor, porque al romper la piedra de tu sepulcro nos
trajiste en las manos la vida verdadera, no sólo un trozo más
de esto que los hombres llamamos vida, sino la inextinguible, la zarza
ardiendo que no se consume, la misma vida de que vive Dios. Gracias
por este gozo, gracias por esta Gracia, gracias por esta vida eterna
que nos hace inmortales, gracias porque al resucitar inauguraste la
nueva humanidad y nos pusiste en las manos esta vida multiplicada,
este milagro de ser hombres y más, esta alegría de sabernos
partícipes de tu triunfo, este sentirnos y ser hijos y miembros
de tu cuerpo de hombre y Dios resucitado.

SEGUNDA
ESTACION: Su sepulcro vacío
muestra que Jesús ha vencido a la muerte.
Muy de madrugada, el primer día después del sábado,
en cuanto salió el sol, vinieron al monumento. Se decían
entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra
de la entrada del monumento? Y mirando, vieron que la piedra estaba
removida; era muy grande. Entrando en el monumento, vieron un joven
sentado a la derecha, vestido de una túnica blanca, y quedaron
sobrecogidos de espanto. El les dijo: No os asustéis. Buscáis
a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está
aquí; mirad el sitio en que le pusieron(Marcos 16, 2-6).
Hoy, al resucitar, dejaste tu sepulcro abierto como una enorme boca,
que grita que has vencido a la muerte. Ella, que hasta ayer era la
reina de este mundo, a quien se sometían los pobres y ricos,
se bate hoy en triste retirada vencida por tu mano de muerto-vencedor.
¿Cómo podrían aprisionar tu fuerza unos metros
de tierra? Alzaste tu cuerpo de la fosa como se alza una llama, como
el sol se levanta tras los montes del mundo, y se quedó la
muerte muerta, amordazada la invencible, destruido por siempre su
terrible dominio. El sepulcro es la prueba: nadie ni nada encadena
tu alma desbordante de vida, y esta tumba vacía muestra ahora
que Tú eres un Dios de vivos y no un Dios de muertos.
TERCERA
ESTACION:
Jesús, bajando a los infiernos, muestra el triunfo de su resurrección.
(Leer 1era. de Pedro, Capítulo 3, Versículo 18).
Reflexión:
Mas no resucitaste para Ti solo. Tu vida era contagiosa y querías
repartir entre todos el pan bendito de tu resurrección. Por
eso descendiste hasta el seno de Abraham para dar a los muertos de
mil generaciones la caliente limosna de tu vida recién reconquistada.
Y los antiguos patriarcas y profetas que se esperaban desde siglos
y siglos se pusieron en pie y te aclamaron diciendo: «Santo,
Santo, Santo. Digno es el cordero que con su muerte nos infunde vida,
que con su vida nueva nos salva de la muerte. Y cien mil veces santo
es este Salvador que se salva y nos salva». Y tendieron sus
manos hacia Ti. Y de tus manos brotó este nuevo milagro de
la multiplicación de la sangre y de la vida.

CUARTA
ESTACION: Jesús resucita
por la fe en el alma de María.
(Leer Lucas, Capítulo 1, Versículos del 41 al 49).
Reflexión:
No sabemos si aquella mañana del domingo visitaste a tu Madre,
pero estamos seguros de que resucitaste en ella y para ella, que ella
bebió a grandes sorbos el agua de tu resurrección, que
nadie como ella se alegró con tu gozo y que tu dulce presencia
fue quitando uno a uno los cuchillos que traspasaban su alma de mujer.
No sabemos si te vio con sus ojos, mas sí que te abrazó
con los brazos del alma, que te vio con los cinco sentidos de su fe.
¿Ah, si nosotros supiéramos gustar una centésima
de su gozo! ¿Ah, si aprendiésemos a resucitar en Ti
como ella! ¿Ah, si nuestro corazón estuviera tan abierto
como estuvo el de María aquella mañana del domingo.
QUINTA
ESTACION: Jesús elige
a una mujer como apóstol de sus apóstoles.
(Leer Juan, Capítulo 20, Versículos del 11 al 18).
Reflexión:
Lo mismo que María Magdalena, decimos hoy nosotros: «Me
han quitado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Marchamos por el mundo y no encontramos nada en que poner los ojos,
nadie en quien podamos poner entero nuestro corazón. Desde
que Tú te fuiste nos han quitado el alma y no sabemos dónde
apoyar nuestra esperanza, ni encontramos una sola alegría que
no tenga venenos. ¿Dónde estás? ¿Dónde
fuiste, jardinero del alma; en qué sepulcro, en qué
jardín te escondes? ¿O es que Tú estás
delante de nuestros mismos ojos y no sabemos verte? ¿Estás
en los hermanos y no te conocemos? ¿Te ocultas en los pobres,
resucitas en ellos, y nosotros pasamos a su lado sin reconocerte?
Llámame por mi nombre para que yo te vea, para que reconozca
la voz con que hace años me llamaste a la vida en el bautismo.,
para que redescubra que Tú eres mi Maestro. Y envíame
de nuevo a transmitir tu gozo a mis hermanos, hazme apóstol
de apóstoles como aquella mujer privilegiada que, porque te
amó tanto, conoció el privilegio de beber la primera
el primer sorbo de tu resurrección.
SEXTA
ESTACIÓN: Jesús
devuelve la esperanza a dos discípulos desanimados.
(Lc. 24,13-31).
Reflexión:
Lo mismo que los dos de Emaús aquel día, también
yo marcho ahora decepcionado y triste pensando que en el mundo todo
es muerte y fracaso. El dolor es más fuerte que yo, me acogota
la soledad y digo que Tú, Señor, nos has abandonado.
Si leo tus palabras me resultan insípidas, si miro a mis hermanos
me parecen hostiles, si examino el futuro sólo veo desgracias.
Estoy desanimado. No he perdido la fe, pero sí la esperanza,
sí el coraje de seguir apostando por Ti. ¿Y no podrías
salir hoy al camino y pasear conmigo como aquella mañana con
los dos de Emaús? ¿No podrías descubrirme el
secreto de tu santa Palabra y conseguir que vuelva a calentar mi entraña?
¿No podrías quedarte a dormir con nosotros y hacer que
descubramos tu presencia en el Pan?
SÉPTIMA
ESTACIÓN: Jesús
muestra a los suyos su carne herida y vencedora.
(Jn. 20,26-31).
Reflexión:
Gracias, Señor, porque resucitaste no sólo con tu alma,
mas también con tu carne. Gracias porque quisiste regresar
de la muerte trayendo tus heridas. Gracias porque dejaste a Tomás
que pusiera su mano en tu costado y comprobara que el Resucitado es
exactamente el mismo que murió en una cruz. Gracias por explicarnos
que el dolor nunca puede amordazar el alma y que cuando sufrimos estamos
también resucitando. Ahora sabemos que eres uno de nosotros
sin dejar de ser Dios, ahora entendemos que el dolor no es un fallo
de tus manos creadoras; ahora que Tú lo has hecho tuyo comprendemos
que el llanto y las heridas son compatibles con la resurrección.
Déjame que te diga que me siento orgulloso de tus manos heridas
de Dios y hermano nuestro. Deja que entre tus manos crucificadas ponga
estas manos maltrechas de mi oficio de hombre.
OCTAVA
ESTACIÓN: Con su cuerpo
glorioso, Jesús explica que también los nuestros resucitarán.
(Lc. 24,36-43).
Reflexión:
«Miradme bien. Tocadme. Comprobad que no soy un fantasma»,
decías a los tuyos, temiendo que creyeran que tu resurrección
era tan sólo un símbolo, una dulce metáfora,
una ilusión hermosa para seguir viviendo. Era tan grande el
gozo de reencontrarte vivo, que no podían creerlo; no cabía
en sus pobres cabezas, que entendían de llantos, pero no de
alegrías. El hombre, ya lo sabes, es incapaz de muchas esperanzas.
Como él tiene el corazón pequeño, cree que el
tuyo es tacaño. Como te ama tan poco, no puede sospechar que
Tú puedas amarle. Como vive amasando pedacitos de tiempo, siente
vértigo ante la eternidad. Y así va por el mundo arrastrando
su carne, sin sospechar que puede ser una carne eterna. ¡Muéstranos
bien tu cuerpo, Cristo vivo; enséñanos ahora la verdadera
infancia, la que Tú nos preparas más allá de
la muerte!.
NOVENA
ESTACION: Jesús bautiza
a sus apóstoles contra el miedo.
(Juan 20,19-23).
Reflexión:
Han pasado, Señor, ya veinte siglos de tu resurrección
y todavía no hemos perdido el miedo, aún no estamos
seguros, aún tememos que las puertas del infierno podrían
algún día prevalecer, si no contra tu Iglesia, sí
contra nuestro pobre corazón de cristianos. Aún creemos
que el mal será más fuerte que tu propia Palabra. Seguimos
vacilando, dudando, caminando entre preguntas, amasando angustias
y tristezas. Repítenos de nuevo que Tú dejaste paz suficiente
para todos. Pon tu mano en mi hombro y grítame: No temas, no
temáis. Infúndeme tu luz y tu certeza, danos el gozo
de ser tuyos, inúndanos de la alegría de tu corazón.
Haznos, Señor, testigos de tu gozo. ¡Y que el mundo descubra
lo que es creer en Ti!.

DECIMA
ESTACION: Jesús anuncia
que seguirá siempre con nosotros.
(Mateo 28,16-20).
Reflexión:
«Yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos».
Esta fue la más grande de todas tus promesas, el más
jubiloso de todos tus anuncios. Tú bajas a ser hombre para
serlo del todo, para serlo con todos, dispuesto a dar al hombre no
sólo una limosna de amor, sino el amor entero. Desde entonces
el hombre no está solo, Tú estás en cada esquina
de las horas esperándonos, más nuestro que nosotros,
más dentro de mí mismo que mi alma. «No os dejaré
huérfanos», dijiste. Y desde entonces ha estado lleno
nuestro corazón.
UNDECIMA
ESTACION: Jesús devuelve
a sus apóstoles la alegría perdida.
(Juan 21,1-4).
Reflexión:
Desde que Tú te fuiste no hemos pescado nada. Llevamos veinte
siglos echando inútilmente las redes de la vida, y entre sus
mallas sólo pescamos el vacío. Vamos quemando horas
y el alma sigue seca. Nos hemos vuelto estériles lo mismo que
una tierra cubierta de cemento. ¿Estaremos ya muertos?. Y una
tarde Tú vuelves y nos dices: »Echa tu red a tu derecha,
atrévete de nuevo a confiar, abre tu alma, saca del viejo cofre
las nuevas ilusiones, dale cuerda al corazón, levántate
y camina». Y lo hacemos sólo por darte gusto. Y, de repente,
nuestras redes rebosan alegría, nos resucita el gozo y es tanto
el peso de amor que recogemos, que la red se nos rompe, cargada de
ciento cincuenta nuevas esperanzas. ¡Ah, Tú, fecundador
de almas: llégate a nuestra orilla, camina sobre el agua de
nuestra indiferencia, devuélvenos, Señor, a tu alegría!
DUODECIMA
ESTACIÓN: Jesús
entrega a Pedro el pastoreo de sus ovejas.
(Jn. 21,15-17).
Reflexión:
Aún nos faltaba un gozo: Descubrir tu inédito modo de
perdonar. Nosotros, como Pedro, hemos manchado tantas veces tu nombre,
hemos dicho que no te conocíamos, nos hemos calentado al fuego
de los gozos del mundo.
Y esperábamos que, al menos, Tú nos reprenderías.
Y Tú nos esperabas con tu triste sonrisa para preguntar sólo:
“¿Me amas aún, me amas?”, dispuesto ya a
entregarnos tu rebaño y tus besos, preparado a vestirnos la
túnica del gozo.
¡Oh Dios!, ¿Cómo se puede perdonar tan de veras?
¿No ves, Señor, que casi nos empujas a alejarnos de
Ti sólo por encontrarnos de nuevo entre tus brazos?
DECIMOTERCERA
ESTACIÓN: Jesús
encarga a los doce la tarea de evangelizar.
(Mt. 28,16-20).
Reflexión:
Y te faltaba aún el penúltimo gozo: Dejar en nuestras
manos la antorcha de tu fe. Tú habrías podido reservarte
ese oficio, sembrar Tú en exclusiva la gloria de tu nombre,
poner en cada alma la sagrada semilla de tu amor. ¿Acaso no
eres Tú la única Palabra? ¿No es tuya toda gracia?
¿Para qué necesitas ayudantes, intermediarios, colaboradores
que nada aportarán si no es su barro? ¿Qué ponen
nuestras manos que no sea torpeza?
Pero Tú, has querido dejar en nuestras manos la tarea de hacer
lo que sólo Tú haces: llevar gozosa y orgullosamente
de mano a mano la antorcha que Tú enciendes.
DECIMOCUARTA
ESTACIÓN: Jesús
sube a los cielos para abrirnos camino.
(Hechos 1,9-14).
Reflexión:
La última alegría fue quedarte marchándote. Tu
subida a los cielos fue ganancia, no pérdida. Al perderte en
las nubes te vas sin alejarte, asciendes y te quedas, subes para llevarnos,
señalas un camino.
Tu ascensión a los cielos es la última prueba de que
estamos salvados, de que estás en nosotros por siempre y para
siempre.
Te quedaste en el pan, en los hermanos, en el gozo, en la risa, en
todo corazón que ama y espera, en estas vidas nuestras que
cada día ascienden a tu lado.

Domingo
de Pascua
La Vida venció a la Muerte
En
verdad ha resucitado el Señor, aleluya. A él la gloria
y el poder por toda la eternidad.
La
Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar
toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Además, en la
Resurrección de Cristo se apoya nuestra futura resurrección.
La Pascua es la fiesta de nuestra redención y, por tanto, fiesta
de acción de gracias y de alegría.
La
Resurrección del Señor es una realidad central de la
fe católica, y como tal fue predicada desde los comienzos del
Cristianismo. La importancia de este milagro es tan grande, que los
Apóstoles son, ante todo, testigos de la Resurrección
de Jesús. Anuncian que Cristo vive, y éste es el núcleo
de toda su predicación. Esto es lo que, después de veinte
siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive! La Resurrección
es el argumento supremo de la divinidad de Nuestro Señor.
La
Resurrección es la gran luz para todo el mundo: Yo soy la luz,
había dicho Jesús; la luz para el mundo, para cada época
de la historia, para cada sociedad, para cada hombre.
La
Resurrección de Cristo es una fuerte llamada al apostolado:
ser luz y llevar la luz a otros. Para eso hemos de estar unidos a
Cristo; informar el mundo entero con el espíritu de Jesús,
colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas.
La luz de Cristo, que resucita glorioso, disipe las tinieblas
del corazón y del espíritu.

La
Pascua del Año Eucarístico
Padre
Teófilo Rodríguez, f.d.m.
Sin
temor a equivocarnos, nuestra relación pascual de este año
estará revestida de una particular significación. No
sólo por el hecho de que, al celebrar la Pascua, nos concentramos
en el misterio cumbre de la fe cristiana. A ello debemos también
añadir la celebración jubilar del año eucarístico,
inaugurado por el Papa Juan Pablo II en octubre del año pasado.
¿Qué implica esto? Que es un tiempo de gracia para profundizar
y agradecer a Dios el habernos dejado este don extraordinario de su
amor que es el Santísimo Sacramento del Altar.
Sí,
la Eucaristía es con justa razón reconocida como el
corazón de la fe católica, fuente y centro de toda nuestra
vida; es, de por sí, nuestra Pascua permanente.
La
Pascua no es únicamente el paso triunfal de Cristo de la muerte
a la vida; o la marcha del resucitado en nuestra vida y en su Cuerpo
Místico, la Iglesia; es también el cumplimiento fiel
de sus palabras: "Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno
come de este pan, vivirá para siempre y el pan que Yo les voy
a dar, es mi carne por la vida del mundo" (Juan 6,51).
Efectivamente,
Jesucristo dio su vida por la salvación del mundo. Antes de
padecer celebró la cena pascual con sus discípulos,
y estableció una nueva y eterna Alianza.
Jesús
era muy conciente de lo infame que habría de ser su inminente
muerte, por lo que suplica al Padre si fuera posible ser librado del
cáliz de la pasión; sin embargo, en ningún momento
desea que se realice su propia voluntad: su alimento es hacer la voluntad
del Padre. Por eso llega a la última cena con una profunda
conmoción: "Ardientemente he deseado celebrar esta Pascua"
(Juan13,1). ¿Qué pide al Padre en la cena? El milagro
de permanecer siempre con los suyos, aún después de
su muerte y resurreción, por la institución del nuevo
sacramento de la Eucaristía. Él se partirá por
los suyos, Él donará su vida generosamente, Él
será sometido a un sacrificio ignominioso, cruel y nunca antes
conocido; será un deicidio para remisión de todos los
pecados del mundo entero.
Al
igual que Moisés, quien por orden de Yavhé marcó
con la sangre de corderos las jambas de las casas de los hebreos para
que el ángel exterminador no les hiciese daño alguno,
ahora es la sangre preciosa del mismo hombre-Dios, el cordero de Dios,
la que nos sella contra las pretensiones del maligno. Fuimos adquiridos
a precio de sangre; Jesús levantó la copa de salvación
y brindó al Padre por todos los hijos de Adán.
Esa
es nuestra Pascua, y en este año, de forma muy particular,
debemos regocijarnos y suplicar al Padre Dios, por medio de su Hijo
amado, que nos enamore cada vez más de la Eucaristía.
Elevemos esta petición al Padre, uniéndonos en una pequeña
oración: Oh gran poder de Dios, enciéndenos en tu fuego,
el amor. Oh Espíritu, que vienes de lo alto, llénanos
de Dios. Oh Espíritu, Óleo Santo, úngenos en
el amor. Amén
Feliz
Pascua para todos de su servidor y amigo.
ROSARIO
DEL ESPÍRITU SANTO
Primera
meditación:
Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos, y yo rogaré
al Padre y les dará otro Intercesor que permanecerá
siempre con Ustedes. Este es el Espíritu de Verdad, que el
mundo no puede recibir porque no lo ve ni lo conoce. (Jn. 14, 15-16-17)

Segunda meditación:
Y cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad los introducirá
a la verdad total...Me glorificará porque recibirá de
lo mío para revelárselo a ustedes. (Jn. 16, 13-14)
Tercera
meditación:
“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban
todos reunidos en un mismo lugar. Se les aparecieron unas lenguas
como de fuego, las que, separándose, se fueron posando sobre
cada uno de ellos y quedaron llenos del Espíritu Santo y se
pusieron a hablar idiomas distintos, en los cuales el Espíritu
les concedía expresarse”. (Hch. 2, 1-3-4)
Cuarta
meditación:
“Ustedes quedaron sellados con el Espíritu Santo prometido,
el cual es la garantía de nuestra herencia y prepara la liberación
del pueblo que Dios adoptó con el fin de que sea siempre alabada
su gloria”. (Ef. 1, 13-14)
Quinta
meditación:
Pero el propio Espíritu ruega por nosotros, con gemidos y súplicas
que nos se pueden expresar. Y Dios que penetra los secretos del corazón,
escucha los anhelos del Espíritu porque cuando el Espíritu
ruega por los santos, lo hace según la manera de Dios”.
(Rm. 8, 26-27)
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