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Solemnidad
de la Inmaculada Concepción de la Virgen María
8-12-2011
Sagrada Escritura:
Primera: Gen 3, 9-15.20
Segunda: Ef 1, 3-6.11-12
Evangelio: Lc 1, 26-38
Nexo entre las lecturas
Las palabras del ángel a la Virgen
María: "Ave María, llena de gracia"
nos dan el sentido profundo de la solemnidad que hoy celebramos.
El ángel se dirige a María como si su nombre
fuese precisamente "la llena de gracia"(EV). A
lo largo de los siglos la Iglesia ha tomado conciencia de
que María "llena de gracia" por Dios había
sido redimida desde su concepción. Se trata de un
singular don concedido a María para que pudiese dar
el libre asentimiento de su fe al anuncio de su vocación.
Era necesario que ella estuviese totalmente poseída
por la gracia de Dios para responder adecuadamente al plan
de Dios sobre ella. El Padre eligió a María
"antes de la creación del mundo para que fuera
santa e inmaculada en su presencia en el amor" (Cfr.
Ef 1,4). El así llamado "protoevangelio"
del libro del Génesis, por su parte, hace presente
la promesa de un redentor: pongo enemistad entre ti y la
mujer, entre tu linaje y el suyo, éste te aplastará
la cabeza y tú le morderás el calcañal
(1L). En la carta a los Efesios (2L) san Pablo indica cómo
el Padre nos ha elegido desde la eternidad en Cristo para
ser santos e inmaculados en su presencia en el amor. El
primer fruto excelente de este plan salvífico es
María, quien en previsión de los méritos
de Cristo, fue preservada de toda mancha de pecado original
en el primer instante de su concepción.
Mensaje doctrinal
1. La eterna voluntad salvífica
de Dios. "Pongo enemistad entre ti y la mujer entre
su linaje y el tuyo..." (Ge. 3, 15) estas palabras
pronunciadas en el exordio de la humanidad una vez que el
hombre había cometido el pecado, anuncian la eterna
voluntad salvífica de Dios. La transgresión
de Adán y Eva había provocado el desquiciamiento
de la estirpe humana. El hombre creado a imagen y semejanza
de Dios, sufre una herida de incalculables consecuencias.
Por eso, siente miedo, experimenta la desnudez y el desamparo,
su concepto de Dios se obscurece y corre a esconderse lejos
de su mirada. Las palabras de Yahveh Dios: "¿Dónde
estás?" ponen de manifiesto su dramática
condición. El hombre es expulsado del paraíso
pero al mismo tiempo recibe la promesa de un redentor.
2. Así, donde abundó el pecado
sobreabundó la gracia (Rom 5). En su eterno plan,
Dios había creado al hombre por sobreabundancia de
amor y lo había elegido para ser santo e inmaculado
en su presencia ( Ef 1, 3-6) lo había colocado entre
excelsos bienes. El pecado, sin embargo, introduce la desobediencia,
el desorden y la pérdida de la armonía original,
la armonía del "principio", pero no cancela
el plan amoroso de Dios. Había que rescatar al hombre
también por sobreabundancia de amor. Si se busca,
por tanto, la razón de la presencia de Dios entre
los hombres y la razón de la Encarnación,
ahí la tienes: el amor por el hombre. "El Señor
se enamoró de su creatura" y el Verbo de Dios
ha habitado en el hombre y se ha hecho Hijo del hombre para
acostumbrar al hombre a comprender a Dios y para acostumbrar
a Dios a habitar en el hombre (San Ireneo haer. 3,20,2;
cf. por ejemplo 17,1; 4,12,4; 21,3). El Pastor se ha hecho
oveja (San Gregorio de Nisa). Cristo ha venido a la tierra
para tomar de la mano al hombre y presentarlo nuevamente
al Padre según la gracia del principio.
3. María Inmaculada. En este extraordinario
plan de salvación aparece María, como la primicia
de la salvación, como la estrella de la mañana
que anuncia a Cristo, "sol de justicia" (Cf. Mal
3,20), como la primera creatura surgida del poder redentor
de Cristo, como aquella que ha sido redimida de modo eminente
por Dios en atención a los méritos de Jesucristo,
Salvador del género humano. En un mundo pecador,
la Gracia divina ha hecho surgir una creatura absolutamente
pura y le ha conferido una perfección sin la más
mínima sombra de pecado. El plan del Padre que quería
enviar a su Hijo a la humanidad exigía, para la mujer
destinada a llevarlo en su seno, una perfecta santidad que
fuese reflejo de la santidad divina. Ella que no conoció
el pecado, está en el centro de esta enemistad entre
el demonio y la estirpe humana redimida por Jesucristo,
la estirpe de los hijos de Dios. Ella aparece en medio de
esta singular batalla como la aurora que anuncia la victoria
definitiva de la luz sobre la obscuridad. Ella va al frente
de ese grande peregrinar de la Iglesia hacia la casa del
Padre. En medio de las tempestades que por todas partes
nos apremian, ella no abandona a los hombres que peregrinan
en el claro oscuro de la fe. Ella es signo de segura esperanza
y ardiente caridad.
Es importante señalar que la preservación
del pecado en María es obra sólo de la gracia,
pues no había en María mérito alguno:
la santidad concedida a María es solamente el fruto
de la obra redentora de Cristo.
4. El pecado original y la lucha ascética.
Sabemos que el pecado original, aunque es cancelado por
el bautismo, normalmente deja en el interior del hombre
un desorden que tiene que ser superado, deja una propensión
hacia el pecado, que tiene que ser vencida con la gracia
y con el esfuerzo humano (Cf. Conc. Trid. Decretum De iustificatione
cap. 10). El hombre se da cuenta de que en su interior,
por ser creatura herida por el pecado, se combaten dos fuerzas
antagónicas: el bien y el mal. No todo aquello que
nace espontáneamente en el interior del hombre, es
bueno por sí mismo. Se requiere un sano y serio discernimiento
de los propios pensamientos e intenciones para elegir, a
la luz de Dios y de su palabra, aquello que es bueno y santo.
Aquello que es verdadero: Facientes veritatem in caritate.
En consecuencia, la vida humana y cristiana se revela como
una "lucha" contra el mal (Cf. Gaudium et spes
13,15). Una lucha en la que Dios está de parte del
hombre y en la que el hombre debe elegir libremente la parte
de Dios. El cristiano, pues, tiene la misión de entablar
este combate contra el pecado en sí mismo, pero al
mismo tiempo debe luchar para que los demás no caigan
en el pecado. Debe luchar para que la buena noticia de la
salvación en Jesucristo, llegue a todos los hombres.
El cristiano, así, se encuentra con María,
en el centro de esa enemistad entre el demonio y la estirpe
humana y su responsabilidad no es pequeña en la historia
de la salvación. Con su vida y con su muerte debe
dar testimonio de que la salvación está presente
en Cristo Jesús, camino, verdad y vida, y que el
amor de Dios es más fuerte que todo pecado.
Sugerencias pastorales
1. El cultivo de la vida de gracia. Al
contemplar a María Inmaculada apreciamos la belleza
sin par de la creatura sin pecado: "Toda hermosa eres
María". La Gracia concedida a María inaugura
todo el régimen de Gracia que animará a la
humanidad hasta el fin de los tiempos. Al contemplar a María
experimentamos al mismo tiempo la invitación de Dios
para que, aunque heridos por el pecado original, vivamos
en gracia, luchemos contra el pecado, contra el demonio
y sus acechanzas. Los hombres tienen necesidad de Dios,
tienen necesidad de vivir en gracia de Dios para ser realmente
felices, para poder realizarse como personas. Y la gracia
la tenemos en Cristo. En el misterio de la Redención
el hombre es "confirmado" y en cierto modo es
nuevamente creado. ¡El es creado de nuevo! ... El
hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí
mismo -no solamente según criterios y medidas del
propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales
e incluso aparentes- debe, con su inquietud, incertidumbre
e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida
y con su muerte, acercarse a Cristo (Redemptor Hominis 10).
Para vivir en gracia es necesario: orar y vigilar. La oración
nos da la fuerza que viene de Dios. La vigilancia rechaza
los ataques del enemigo. Vigilemos atentamente para rechazar
las tentaciones que nos ofrece el mundo: el placer desordenado,
la avaricia, el desenfreno sexual, las pasiones… Por
el contrario, formemos una conciencia que busque, en todo,
amar a Dios sobre todas las cosas.
2. Nuestra participación en la obra de la redención.
La peregrinación que nos corresponde vivir al inicio
de este nuevo milenio tiene mucho de peregrinación
ascendente, de escalada alpina, de combate apostólico
y de conquistas para la causa de Dios. Aquella enemistad
anunciada en el protoevangelio sigue siendo hoy en día
una dramática realidad, se trata de una especie de
combate del espíritu, pues las fuerzas del mal se
oponen al avance del Reino de Dios. Vemos que, por desgracia,
sigue habiendo guerras, muertes, crímenes. Más
aún, advertimos amenazas, en otro tiempo desconocidas,
para el género humano: la manipulación genética,
la corrupción del lenguaje, la amenaza de una destrucción
total, el eclipse de la razón ante temas fundamentales
como son la familia, la defensa de la vida desde su concepción
hasta su término natural, el relativismo y el nihilismo
que conducen a la pérdida total de los valores. Nuestro
peregrinar cristiano por esta tierra, más que el
paseo del curioso transeúnte, tiene rasgos del hombre
que conquista terreno para su bandera. Nuestro peregrinar
es un amor que no puede estar sin obrar por amor de Jesucristo,
el Jefe supremo. Es anticipar la llegada del Reino de Dios
por la caridad. Es avanzar dejando a las espaldas surcos
regados de semilla. No nos cansemos de sembrar el bien en
el puesto que la providencia nos ha asignado, no desertemos
de nuestro puesto, que las futuras generaciones tienen necesidad
de la semilla que hoy esparcimos por los campos de la Iglesia
Santa Teresa de Jesús que experimentó también
la llamada de Dios para tomar parte en el singular combate
del bien contra el mal, nos dejó en una de sus poesías
una valiosa indicación de cómo el amor, cuando
es verdadero, no puede estar sin actuar, sin entregarse,
sin luchar por el ser querido. Teresa había comprendido
en profundidad lo que significaba el amor de Dios por sus
creaturas, y el amor de la creatura a un Dios que la ama
tanto. Todo ello tiene características de amor esponsal.
El amor cuando es crecido
no puede estar sin obrar
ni el fuerte sin pelear
por amor de su querido.
www.chatolic.net

Solemnidad
de la Natividad del Señor
25-12-2011
Sagrada Escritura:
Primera: Is 52, 7-10
Salmo 97
Segunda: Heb 1, 1-6
Evangelio: Jn 1, 1-18
Nexo
entre las lecturas
Podríamos decir que las lecturas
del día de Navidad se concentran en dar una respuesta
al gran interrogante que ha atravesado dos mil años
de cristianismo: ¿Quién es Jesucristo? La
respuesta la encontramos, sobre todo, en el prólogo
del evangelio según san Juan: El Verbo, el creador
del universo, la luz del mundo, el revelador del Padre,
etc. Esta respuesta del evangelio es colocada en el ámbito
del profetismo del Antiguo Testamento: Jesucristo, el mensajero
que trae la paz y la salvación (primera lectura);
Jesucristo, el último y definitivo profeta de Dios
(segunda lectura).
Mensaje doctrinal
¿Quién es Jesucristo?
En todo el mundo cristiano el día
25 celebramos el nacimiento de un niño: Jesús
de Nazaret que ha revolucionado durante dos mil años
la historia de la humanidad, sobre todo del Occidente. Quienes
no son cristianos tal vez se pregunten quién es ese
niño que celebran los cristianos con tanta solemnidad.
Y no está mal que también nosotros, en esta
singular ocasión de la Navidad, nos lo preguntemos.
O mejor, todavía, lo preguntemos a la Biblia, a través
de la cual Dios nos habla y se nos revela.
1. Jesucristo es el Verbo, que vive en
el seno de Dios, y que pone su tienda entre los hombres,
en un determinado momento de la historia. Jesucristo, antes
de ser una palabra pronunciada por la historia, es La Palabra
pronunciada por el mismo Dios. En el mundo de Dios el Padre
está pronunciando eternamente La Palabra. En Belén,
en tiempo del emperador Augusto, La Palabra eterna es pronunciada
por labios humanos, se convierte en palabra de carne. Se
llama Jesús de Nazaret. ¿Quién es Jesús?
Es el Verbo, que al ser pronunciado por los hombres, suena
Jesús de Nazaret.
¿Quién es el Verbo?
Es Jesús, a quien el Padre llama
La Palabra. En el misterio de Jesucristo no se puede separar
la eternidad del tiempo, el Verbo de Jesús. Sería
traicionar la revelación de Dios. A lo largo de la
historia Dios había pronunciado palabras por medio
de los profetas, palabras que manifestaban de modo incompleto
la revelación de Dios. Con Jesucristo el Padre pronuncia
la última, definitiva y única Palabra, en
la que se compendia y llega a plenitud toda la revelación
(segunda lectura).
2. Jesús es la vida y la verdadera
luz del mundo. Vida y luz son dos imágenes muy usada
en todo el Antiguo Testamento. Dios es el creador de la
vida (plantas, animales, hombre). A la vez que creador,
es también el señor, que dispone de ella según
sus inescrutables designios. El hombre ha sido creado para
la vida, no para la muerte. Con todo, a causa del pecado,
el reino de la muerte se ha instalado en la historia. Cuando
los cristianos proclamamos que Jesús es la vida,
afirmamos que él es el vencedor de la muerte y el
restaurador de la vida en la humanidad. Al restaurar la
vida, ésta es como un faro de luz en un mundo prisionero
de la tiniebla. Al confesar que Jesús de Nazaret,
en el momento mismo de nacer es vida y luz de los hombres,
estamos afirmando también que no es una vida cualquiera
o una luz cualquiera, efímera y débil, sino
la Vida y la Luz originales, presentes en Dios mismo. Porque
es Vida y Luz, su historia personal, una más en sí
misma entre las historias de los hombres, es fuente de Vida
y de Luz para la humanidad entera.
3. Jesús es el revelador del Padre.
"A Dios nadie le ha visto jamás, el Hijo unigénito,
que está en el seno del Padre, nos lo ha revelado".
Jesucristo no sólo es el revelado por los profetas,
por ejemplo, por Miqueas, como mensajero de paz, de consolación
y de salvación, o no sólo es revelado superior
a los ángeles (segunda lectura). Él mismo,
en persona, es revelador. ¿Y qué otra realidad
más honda puede revelarnos sino el misterio de Dios,
del que viene y en el que habita, absolutamente desconocido
para los hombres? El Padre no es visible. Se hace visible
y presente en Jesucristo. Lo hace visible hablándonos
del Padre, v.g. las parábolas del padre misericordioso,
y sobre todo nos habla del Padre en su modo de vivir y de
estar en el mundo, entre los hombres.
Sugerencias pastorales
1. Para ti, ¿quién es Jesucristo?
Hemos de dejar las cuestiones generales y preguntarnos de
modo muy personal: "Para mí, ¿quién
es Jesucristo?". Según que se responda a esta
pregunta con los labios, con el corazón y sobre todo
con la vida, nuestra existencia seguirá un rumbo
u otro, seguirá unos parámetros u otros según
los cuales vivir. Si Jesucristo lo es todo para mí:
mi Dios, mi salvador, mi modelo, mi todo, trataré
de hacer real en mi vida este convencimiento. Si Jesucristo
es un hombre extraordinario, el más enigmático
y grandioso entre los hijos de Adán, pero nada más
que hombre, seré tal vez un gran admirador de su
figura, trataré de seguir su vida moralmente ejemplar,
pero nunca caeré de rodillas ante él, ni le
invocaré como redentor, ni estaré dispuesto
a dar mi vida por creer en él. Si Jesucristo no fue
más que "un hippie entre yuppies", como
alguien ha dicho, o un mesías fallido como piensan
muchos judíos, o un "avatar" más
entre tantos otros que han existido y continúan viniendo
a la existencia, ¿qué sentido tiene seguir
siendo discípulo de Jesús de Nazaret? ¿Para
qué seguir haciendo una pantomima recitando el credo?
Que esta Navidad reafirmemos nuestra fe en "Jesucristo,
verdadero Dios y verdadero hombre", en "Jesucristo,
redentor del hombre".
2. Presencia de Cristo en la historia.
Jesucristo es el viviente. Él no ha pasado a la historia,
como tantos personajes que un día, hace siglos o
milenios, eso no importa, amaron y fueron amados, recorrieron
los mismos espacios o semejantes a los que hoy recorremos
en pueblos o ciudades de nuestro planeta. Jesucristo no
pertenece al pasado. Mientras los hombres tenemos, por nuestra
misma condición histórica, una relación
con el pasado y con el futuro, Él es un presente
sin más relación. Él vive, está
a tu lado, te acompaña. Él te ama, se interesa
por ti, te ilumina con su luz, te habla palabras de verdad
y vida. Él quiere tu bien, no te deja tranquilo cuando
tomas un mal camino, es un amigo que siempre te jugará
limpio frente a la verdad, frente al eterno destino. Jesús
vive en tu corazón por la amistad y comunión
con él. Vive en la eucaristía, en el sagrario.
Vive en la Biblia, Palabra inmortal de Dios al hombre. Vive
en los hombres y mujeres que creen en él, le aman
y siguen sus pasos. Vive en el Papa y en los Obispos que
le representan ante los hombres. Vive en los niños
inocentes, él que nunca dejó de ser niño
en su relación con su Padre. Él vive para
darnos la vida, para recordarnos siempre que nuestro destino
es la vida, o mejor, la Vida.
www.catholic.net

Fiesta
de San Esteban
26-12-2011
Esteban era de origen judío. Su
nombre significa: "coronado" (Esteb: corona) Dio
honra a su nombre coronando su vida con el martirio.
Se le llama "protomartir" porque
tuvo el honor de ser el primer mártir que derramó
su sangre por proclamar su fe en Jesucristo. Se desconoce
por completo su conversión al cristianismo. La S.
Biblia se refiere a él por primera vez en los Hechos
de los Apóstoles. Narra que en Jerusalén hubo
una protesta de las viudas helenistas (de origen griego).
Las viudas decían que, en la distribución
de la ayuda diaria, se les daba mas preferencia a los que
eran de Israel, que a los pobres del extranjero. Cuando
esa comunidad creció, los apóstoles, para
no dejar su labor de predicar, confiaron el servicio de
los pobres a siete ministros de la caridad llamados diáconos
(que significa "ayudante", "servidor",
grado inmediatamente inferior al sacerdote). Estos fueron
elegidos por voto popular, por ser hombres de buena conducta,
llenos del Espíritu Santo y de reconocida prudencia.
Los elegidos fueron Esteban, Nicanor y otros. Esteban además
de ser administrador de los bienes comunes, no renunciaba
a anunciar la buena noticia. La palabra del Señor
se difundió y el número de discípulos
se multiplicó extraordinariamente en Jerusalén;
también un gran número de sacerdotes se sometieron
a la fe.
Esteban hablaba de Jesucristo con un espíritu
tan sabio que ganaba los corazones y los enemigos de la
fe no podían hacerle frente. Al ver los ancianos
la influencia que ejercía sobre el pueblo, lo llevaron
ante el Tribunal Supremo de la nación llamado Sanedrín
y, recurriendo a testigos falsos que lo acusaron de blasfemia
contra Moisés y contra Dios. Estos afirmaron que
Jesús iba a destruir el templo y a acabar con las
leyes, puesto que Jesús de Nazaret las había
sustituido por otras. Todos los del tribunal, al observarlo,
vieron que su rostro brillaba como el de un ángel.
Por esa razón, lo dejaron hablar, y Esteban pronunció
un poderoso discurso recordando la historia de Israel.
Contenido del discurso
de Esteban: (Hechos 7, 2-53)
Demostró que Abraham, el padre y
fundador de su nación, había dado testimonio
y recibido los mayores favores de Dios en tierra extranjera;
que a Moisés se le mandó hacer un tabernáculo,
pero se le vaticinó también una nueva ley
y el advenimiento de un Mesías; que Salomón
construyó el templo, pero nunca imaginó que
Dios quedase encerrado en casas hechas por manos de hombres.
Afirmó que tanto el Templo como las leyes de Moisés
eran temporales y transitorias y debían ceder el
lugar a otras instituciones mejores, establecidas por Dios
mismo al enviar al mundo al Mesías.
Demostró no haber blasfemado contra
Dios, ni contra Moisés, ni contra la ley o el templo;
que Dios se revela también fuera del Templo. Confrontó
a sus acusadores con estas palabras: (Hch 7, 51-54)
¡Duros de cerviz, incircuncisos
de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre
resistís al Espíritu Santo! ¡Como vuestros
padres, así vosotros! ¿A qué profeta
no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que
anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien
vosotros ahora habéis traicionado y asesinado; vosotros
que recibisteis la Ley por mediación de ángeles
y no la habéis guardado.
La reacción de Esteban y sus enemigos
pone en relieve que se trata de una batalla espiritual,
cada bando con sus características propias: Dios
y el demonio (54-60)
Al oír esto, sus corazones se consumían
de rabia y rechinaban sus dientes contra él. Pero
él (Esteban), lleno del Espíritu Santo, miró
fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús
que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: «Estoy
viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está
en pie a la diestra de Dios.» Entonces, gritando fuertemente,
se taparon sus oídos y se precipitaron todos a una
sobre él; le echaron fuera de la ciudad y empezaron
a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies
de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban
hacía esta invocación: «Señor
Jesús, recibe mi espíritu.» Después
dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: «Señor,
no les tengas en cuenta este pecado.» Y diciendo esto,
se durmió.
La violencia contra
Esteban se propagó contra toda la Iglesia (Hch 8,1-3)
Saulo aprobaba su muerte. Aquel día
se desató una gran persecución contra la Iglesia
de Jerusalén. Todos, a excepción de los apóstoles,
se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria. Unos
hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo
por él. Entretanto Saulo hacía estragos en
la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza
hombres y mujeres, y los metía en la cárcel.
Las circunstancias del martirio indican
que la lapidación de San Esteban no fue un acto de
violencia de la multitud sino una ejecución judicial.
De entre los que estaban presentes consintiendo su muerte,
uno, llamado Saulo, el futuro Apóstol de los Gentiles,
supo aprovechar la semilla de sangre que sembró aquel
primer mártir de Cristo.
Los restos de Esteban fueron encontrados
por el sacerdote Luciano en Gamala de Palestina, en diciembre
del año 415. El hallazgo suscitó gran conmoción
en el mundo cristiano. Las reliquias se distribuyeron por
todo el mundo, lo cual contribuyó a propagar el culto
de San Esteban, obrando Dios numerosos milagros por la intercesión
del protomartir.
San Evodio, obispo de Uzalum, en Africa
y San Agustín, dejaron descripción de muchos
de los milagros. San Agustín dijo en un sermón:
"Bien está que deseemos obtener por su intercesión
los bienes temporales, de suerte que, imitando al mártir,
consigamos finalmente los bienes eternos". Ciertamente,
la misión principal del Mesías no es remediar
los males temporales, pero a pesar de ello, durante su vida
mortal, Jesús sanó a los enfermos, libró
a los posesos y socorrió a los miserables a fin de
darnos pruebas sensibles de su amor y de su poder divino.
Las sanaciones físicas son además una señal
de la obra de sanación espiritual que Jesús
hace. Sabemos que, aunque no otorge una sanación
física, siempre sana los corazones que a El se abren.
La fiesta de San Esteban siempre fue celebrada
inmediatamente después de la Navidad para que, siendo
el protomartir, fuese lo mas cercano a la manifestación
del Hijo de Dios. Antiguamente se celebraba una segunda
fiesta de San Esteban el 3 de agosto, para conmemorar el
descubrimiento de sus reliquias, pero por un Motu Propio
de Juan XXIII, fechado el 25 de julio, de 1960, esta segunda
fiesta fue suprimida del Calendario Romano.
San Esteban
Benedicto XVI, 10 enero 2007 (ZENIT.org)
Queridos hermanos y hermanas:
Después de las fiestas, volvemos a nuestras catequesis.
Había meditado con vosotros en las figuras de los
doce apóstoles y de san Pablo. Después habíamos
comenzado a reflexionar en otras figuras de la Iglesia naciente.
De este modo, hoy queremos detenernos en la persona de san
Esteban, festejado por la Iglesia el día después
de Navidad. San Esteban es el más representativo
de un grupo de siete compañeros. La tradición
ve en este grupo el germen del futuro ministerio de los
«diáconos», si bien hay que destacar
que esta denominación no está presente en
el libro de los «Hechos de los Apóstoles».
La importancia de Esteban, en todo caso, queda clara por
el hecho de que Lucas, en este importante libro, le dedica
dos capítulos enteros.
La narración de Lucas comienza constatando
una subdivisión que tenía lugar dentro de
la Iglesia primitiva de Jerusalén: estaba formada
totalmente por cristianos de origen judío, pero entre
éstos algunos eran originarios de la tierra de Israel,
y eran llamados «hebreos», mientras que otros
procedían de la de fe judía en el Antiguo
Testamento de la diáspora de lengua griega, y eran
llamados «helenistas». De este modo, comenzaba
a perfilarse el problema: los más necesitados entre
los helenistas, especialmente las viudas desprovistas de
todo apoyo social, corrían el riesgo de ser descuidadas
en la asistencia de su sustento cotidiano. Para superar
estas dificultades, los apóstoles, reservándose
para sí mismos la oración y el ministerio
de la Palabra como su tarea central, decidieron encargar
a «a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu
y de sabiduría» para que cumplieran con el
encargo de la asistencia (Hechos 6, 2-4), es decir, del
servicio social caritativo. Con este objetivo, como escribe
Lucas, por invitación de los apóstoles, los
discípulos eligieron siete hombres. Tenemos sus nombres.
Son: «Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu
Santo, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas
y Nicolás, prosélito de Antioquia. Los presentaron
a los apóstoles y, habiendo hecho oración,
les impusieron las manos» (Hechos 6,5-6).
El gesto de la imposición de las
manos puede tener varios significados. En el Antiguo Testamento,
el gesto tiene sobre todo el significado de transmitir un
encargo importante, como hizo Moisés con Josué
(Cf. Números 27, 18-23), designando así a
su sucesor. Siguiendo esta línea, también
la Iglesia de Antioquía utilizará este gesto
para enviar a Pablo y Bernabé en misión a
los pueblos del mundo (Cf. Hechos 13, 3). A una análoga
imposición de las manos sobre Timoteo para transmitir
un encargo oficial hacen referencia las dos cartas que San
Pablo le dirigió (Cf. 1 Timoteo 4, 14; 2 Timoteo
1, 6). El hecho de que se tratara de una acción importante,
que había que realizar después de un discernimiento,
se deduce de lo que se lee en la primera carta a Timoteo:
«No te precipites en imponer a nadie las manos, no
te hagas partícipe de los pecados ajenos» (5,
22). Por tanto, vemos que el gesto de la imposición
de las manos se desarrolla en la línea de un signo
sacramental. En el caso de Esteban y sus compañeros
se trata ciertamente de la transmisión oficial, por
parte de los apóstoles, de un encargo y al mismo
tiempo de la imploración de una gracia para ejercerlo.
Lo más importante es que, además
de los servicios caritativos, Esteban desempeña también
una tarea de evangelización entre sus compatriotas,
los así llamados «helenistas». Lucas,
de hecho, insiste en el hecho de que él, «lleno
de gracia y de poder» (Hechos 6, 8), presenta en el
nombre de Jesús una nueva interpretación de
Moisés y de la misma Ley de Dios, relee el Antiguo
Testamento a la luz del anuncio de la muerte y de la resurrección
de Jesús. Esta relectura del Antiguo Testamento,
relectura cristológica, provoca las reacciones de
los judíos que interpretan sus palabras como una
blasfemia (Cf. Hechos 6, 11-14). Por este motivo, es condenado
a la lapidación. Y san Lucas nos transmite el último
discurso del santo, una síntesis de su predicación.
Como Jesús había explicado
a los discípulos de Emaús que todo el Antiguo
Testamento habla de Él, de su cruz y de su resurrección,
de este modo, san Esteban, siguiendo la enseñanza
de Jesús, lee todo el Antiguo Testamento en clave
cristológica. Demuestra que el misterio de la Cruz
se encuentra en el centro de la historia de la salvación
narrada en el Antiguo Testamento, muestra realmente que
Jesús, el crucificado y resucitado, es el punto de
llegada de toda esta historia. Y demuestra, por tanto, que
el culto del templo también ha concluido y que Jesús,
el resucitado, es el nuevo y auténtico «templo».
Precisamente este «no» al templo y a su culto
provoca la condena de san Esteban, quien, en ese momento
--nos dice san Lucas--, al poner la mirada en el cielo vio
la gloria de Dios y a Jesús a su derecha. Y mirando
al cielo, a Dios y a Jesús, san Esteban dijo: «Estoy
viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está
en pie a la diestra de Dios» (Hechos 7, 56). Le siguió
su martirio, que de hecho se conforma con la pasión
del mismo Jesús, pues entrega al «Señor
Jesús» su propio espíritu y reza para
que el pecado de sus asesinos no les sea tenido en cuenta
(Cf. Hechos 7,59-60).
El lugar del martirio de Esteban, en Jerusalén,
se sitúa tradicionalmente algo más afuera
de la Puerta de Damasco, en el norte, donde ahora se encuentra
precisamente la iglesia de Saint- Étienne, junto
a la conocida «École Biblique» de los
dominicos. Al asesinato de Esteban, primer mártir
de Cristo, le siguió una persecución local
contra los discípulos de Jesús (Cf. Hechos
8, 1), la primera que se verificó en la historia
de la Iglesia. Constituyó la oportunidad concreta
que llevó al grupo de cristianos hebreo-helenistas
a huir de Jerusalén y a dispersarse. Expulsados de
Jerusalén, se transformaron en misioneros itinerantes.
«Los que se habían dispersado iban por todas
partes anunciando la Buena Nueva de la Palabra» (Hechos
8, 4). La persecución y la consiguiente dispersión
se convierten en misión. El Evangelio se propagó
de este modo en Samaria, en Fenicia, y e Siria, hasta llegar
a la gran ciudad de Antioquía, donde, según
Lucas, fue anunciado por primera vez también a los
paganos (Cf. Hechos 11, 19-20) y donde resonó por
primera vez el nombre de «cristianos» (Hechos
11,26).
En particular, Lucas especifica que los
que lapidaron a Esteban «pusieron sus vestidos a los
pies de un joven llamado Saulo» (Hechos 7, 58), el
mismo que de perseguidor se convertiría en apóstol
insigne del Evangelio. Esto significa que el joven Saulo
tenía que haber escuchado la predicación de
Esteban, y conocer los contenidos principales. Y San Pablo
se encontraba con probabilidad entre quienes, siguiendo
y escuchando este discurso, «tenían los corazones
consumidos de rabia y rechinaban sus dientes contra él»
(Hechos 7, 54). Podemos ver así las maravillas de
la Providencia divina: Saulo, adversario empedernido de
la visión de Esteban, después del encuentro
con Cristo resucitado en el camino de Damasco, reanuda la
interpretación cristológica del Antiguo Testamento
hecha por el primer mártir, la profundiza y completa,
y de este modo se convierte en el «apóstol
de las gentes». La ley se cumple, enseña él,
en la cruz de Cristo. Y la fe en Cristo, la comunión
con el amor de Cristo, es el verdadero cumplimiento de toda
la Ley. Este es el contenido de la predicación de
Pablo. Él demuestra así que el Dios de Abraham
se convierte en el Dios de todos. Y todos los creyentes
en Cristo Jesús, como hijos de Abraham, se convierten
en partícipes de las promesas. En la misión
de san Pablo se cumple la visión de Esteban.
La historia de Esteban nos dice mucho.
Por ejemplo, nos enseña que no hay que disociar nunca
el compromiso social de la caridad del anuncio valiente
de la fe. Era uno de los siete que estaban encargados sobre
todo de la caridad. Pero no era posible disociar caridad
de anuncio. De este modo, con la caridad, anuncia a Cristo
crucificado, hasta el punto de aceptar incluso el martirio.
Esta es la primera lección que podemos aprender de
la figura de san Esteban: caridad y anuncio van siempre
juntos.
San Esteban nos habla sobre todo de Cristo,
de Cristo crucificado y resucitado como centro de la historia
y de nuestra vida. Podemos comprender que la Cruz ocupa
siempre un lugar central en la vida de la Iglesia y también
en nuestra vida personal. En la historia de la Iglesia no
faltará nunca la pasión, la persecución.
Y precisamente la persecución se convierte, según
la famosa fase de Tertuliano, fuente de misión para
los nuevos cristianos. Cito sus palabras: «Nosotros
nos multiplicamos cada vez que somos segados por vosotros:
la sangre de los cristianos es una semilla» («Apologetico»
50,13: «Plures efficimur quoties metimur a vobis:
semen est sanguis christianorum»). Pero también
en nuestra vida la cruz, que no faltará nunca, se
convierte en bendición. Y aceptando la cruz, sabiendo
que se convierte y es bendición, aprendemos la alegría
del cristiano, incluso en momentos de dificultad. El valor
del testimonio es insustituible, pues el Evangelio lleva
hacia él y de él se alimenta la Iglesia. San
Esteban nos enseña a aprender estas lecciones, nos
enseña a amar la Cruz, pues es el camino por el que
Cristo se hace siempre presente de nuevo entre nosotros.
Fuente: www.corazones.org

Fiesta
de San Juan Apóstol y Evangelista
30-12-2011
El discípulo
amado
SAN JUAN el Evangelista, a quien se distingue
como "el discípulo amado de Jesús"
y a quien a menudo le llaman "el divino" (es decir,
el "Teólogo") sobre todo entre los griegos
y en Inglaterra, era un judío de Galilea, hijo de
Zebedeo y hermano de Santiago el Mayor, con quien desempeñaba
el oficio de pescador.
Junto con su hermano Santiago, se hallaba
Juan remendando las redes a la orilla del lago de Galilea,
cuando Jesús, que acababa de llamar a su servicio
a Pedro y a Andrés, los llamó también
a ellos para que fuesen sus Apóstoles. El propio
Jesucristo les puso a Juan y a Santiago el sobrenombre de
Boanerges, o sea "hijos del trueno" (Lucas 9,
54), aunque no está aclarado si lo hizo como una
recomendación o bien a causa de la violencia de su
temperamento.
Se dice que San Juan era el más
joven de los doce Apóstoles y que sobrevivió
a todos los demás. Es el único de los Apóstoles
que no murió martirizado.
En el Evangelio que escribió se
refiere a sí mismo, como "el discípulo
a quien Jesús amaba", y es evidente que era
de los mas íntimos de Jesús. El Señor
quiso que estuviese, junto con Pedro y Santiago, en el momento
de Su transfiguración, así como durante Su
agonía en el Huerto de los Olivos. En muchas otras
ocasiones, Jesús demostró a Juan su predilección
o su afecto especial. Por consiguiente, nada tiene de extraño
desde el punto de vista humano, que la esposa de Zebedeo
pidiese al Señor que sus dos hijos llegasen a sentarse
junto a Él, uno a la derecha y el otro a la izquierda,
en Su Reino.
San Juan Apóstol con JesúsJuan
fue el elegido para acompañar a Pedro a la ciudad
a fin de preparar la cena de la última Pascua y,
en el curso de aquella última cena, Juan reclinó
su cabeza sobre el pecho de Jesús y fue a Juan a
quien el Maestro indicó, no obstante que Pedro formuló
la pregunta, el nombre del discípulo que habría
de traicionarle. Es creencia general la de que era Juan
aquel "otro discípulo" que entró
con Jesús ante el tribunal de Caifás, mientras
Pedro se quedaba afuera. Juan fue el único de los
Apóstoles que estuvo al pie de la cruz con la Virgen
María y las otras piadosas mujeres y fue él
quien recibió el sublime encargo de tomar bajo su
cuidado a la Madre del Redentor. "Mujer, he ahí
a tu hijo", murmuró Jesús a su Madre
desde la cruz. "He ahí a tu madre", le
dijo a Juan. Y desde aquel momento, el discípulo
la tomó como suya. El Señor nos llamó
a todos hermanos y nos encomendó el amoroso cuidado
de Su propia Madre, pero entre todos los hijos adoptivos
de la Virgen María, San Juan fue el primero. Tan
sólo a él le fue dado el privilegio de llevar
físicamente a María a su propia casa como
una verdadera madre y honrarla, servirla y cuidarla en persona.
Gran testigo de
la Gloria del Maestro
Cuando María Magdalena trajo la
noticia de que el sepulcro de Cristo se hallaba abierto
y vacío, Pedro y Juan acudieron inmediatamente y
Juan, que era el más joven y el que corría
más de prisa, llegó primero. Sin embargo,
esperó a que llegase San Pedro y los dos juntos se
acercaron al sepulcro y los dos "vieron y creyeron"
que Jesús había resucitado.
A los pocos días, Jesús se
les apareció por tercera vez, a orillas del lago
de Galilea, y vino a su encuentro caminando por la playa.
Fue entonces cuando interrogó a San Pedro sobre la
sinceridad de su amor, le puso al frente de Su Iglesia y
le vaticinó su martirio. San Pedro, al caer en la
cuenta de que San Juan se hallaba detrás de él,
preguntó a su Maestro sobre el futuro de su compañero:
«Señor, y éste, ¿qué?»
(Jn 21,21)
Jesús le respondió: «Si quiero que se
quede hasta que yo venga, ¿qué te importa?
Tú, sígueme.» (Jn 21,22)
Debido a aquella respuesta, no es sorprendente
que entre los hermanos corriese el rumor de que Juan no
iba a morir, un rumor que el mismo Juan se encargó
de desmentir al indicar que el Señor nunca dijo:
"No morirá". (Jn 21,23).
Después de la Ascensión de
Jesucristo, volvemos a encontrarnos con Pedro y Juan que
subían juntos al templo y, antes de entrar, curaron
milagrosamente a un tullido. Los dos fueron hechos prisioneros,
pero se les dejó en libertad con la orden de que
se abstuviesen de predicar en nombre de Cristo, a lo que
Pedro y Juan respondieron: «Juzgad si es justo delante
de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios. No
podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y
oído.»
(Hechos 4:19-20)
Después, los Apóstoles fueron
enviados a confirmar a los fieles que el diácono
Felipe había convertido en Samaria. Cuando San Pablo
fue a Jerusalén tras de su conversión se dirigió
a aquellos que "parecían ser los pilares"
de la Iglesia, es decir a Santiago, Pedro y Juan, quienes
confirmaron su misión entre los gentiles y fue por
entonces cuando San Juan asistió al primer Concilio
de Apóstoles en Jerusalén. Tal vez concluido
éste, San Juan partió de Palestina para viajar
al Asia Menor.
Efeso
San Ireneo, Padre de la Iglesia, quien
fue discípulo de San Policarpo, quién a su
vez fue discípulo de San Juan, es una segura fuente
de información sobre el Apóstol. San Ireneo
afirma que este se estableció en Efeso después
del martirio de San Pedro y San Pablo, pero es imposible
determinar la época precisa. De acuerdo con la Tradición,
durante el reinado de Domiciano, San Juan fue llevado a
Roma, donde quedó milagrosamente frustrado un intento
para quitarle la vida. La misma tradición afirma
que posteriormente fue desterrado a la isla de Patmos, donde
recibió las revelaciones celestiales que escribió
en su libro del Apocalipsis.
Maravillosas revelaciones
celestiales
Después de la muerte de Domiciano,
en el año 96, San Juan pudo regresar a Efeso, y es
creencia general que fue entonces cuando escribió
su Evangelio. El mismo nos revela el objetivo que tenía
presente al escribirlo. "Todas estas cosas las escribo
para que podáis creer que Jesús es el Cristo,
el Hijo de Dios y para que, al creer, tengáis la
vida en Su nombre". Su Evangelio tiene un carácter
enteramente distinto al de los otros tres y es una obra
teológica tan sublime que, como dice Teodoreto, "está
más allá del entendimiento humano el llegar
a profundizarlo y comprenderlo enteramente". La elevación
de su espíritu y de su estilo y lenguaje, está
debidamente representada por el águila que es el
símbolo de San Juan el Evangelista. También
escribió el Apóstol tres epístolas:
a la primera se le llama Católica, ya que está
dirigida a todos los otros cristianos, particularmente a
los que él convirtió, a quienes insta a la
pureza y santidad de vida y a la precaución contra
las artimañas de los seductores. Las otras dos son
breves y están dirigidas a determinadas personas:
una probablemente a la Iglesia local, y la otra a un tal
Gayo, un comedido instructor de cristianos. A lo largo de
todos sus escritos, impera el mismo inimitable espíritu
de caridad. No es éste el lugar para hacer referencias
a las objeciones que se han hecho a la afirmación
de que San Juan sea el autor del cuarto Evangelio.
Predicando la Verdad
y el amor
Los más antiguos escritores hablan
de la decidida oposición de San Juan a las herejías
de los ebionitas y a los seguidores del gnóstico
Cerinto. En cierta ocasión, según San Ireneo,
cuando Juan iba a los baños públicos, se enteró
de que Cerinto estaba en ellos y entonces se devolvió
y comentó con algunos amigos que le acompañaban:
"¡Vámonos hermanos y a toda prisa, no
sea que los baños en donde está Cerinto, el
enemigo de la verdad, caigan sobre su cabeza y nos aplasten!".
Dice San Ireneo que fue informado de este
incidente por el propio San Policarpio el discípulo
personal de San Juan. Por su parte, Clemente de Alejandría
relata que en cierta ciudad cuyo nombre omite, San Juan
vio a un apuesto joven en la congregación y, con
el íntimo sentimiento de que mucho de bueno podría
sacarse de él, lo llevó a presentar al obispo
a quien él mismo había consagrado. "En
presencia de Cristo y ante esta congregación, recomiendo
este joven a tus cuidados". De acuerdo con las recomendaciones
de San Juan, el joven se hospedó en la casa del obispo,
quien le dio instrucciones, le mantuvo dentro de la disciplina
y a la larga lo bautizó y lo confirmó. Pero
desde entonces, las atenciones del obispo se enfriaron,
el neófito frecuentó las malas compañías
y acabó por convertirse en un asaltante de caminos.
Transcurrió algún tiempo, y San Juan volvió
a aquella ciudad y pidió al obispo: "Devuélveme
ahora el cargo que Jesucristo y yo encomendamos a tus cuidados
en presencia de tu iglesia". El obispo se sorprendió
creyendo que se trataba de algún dinero que se le
había confiado, pero San Juan explicó que
se refería al joven que le había presentado
y entonces el obispo exclamó: "¡Pobre
joven! Ha muerto". "¿De qué murió,
preguntó San Juan. "Ha muerto para Dios, puesto
que es un ladrón" , fue la respuesta. Al oír
estas palabras, el anciano Apóstol pidió un
caballo y un guía para dirigirse hacia las montañas
donde los asaltantes de caminos tenían su guarida.
Tan pronto como se adentró por los tortuosos senderos
de los montes, los ladrones le rodearon y le apresaron.
"¡Para esto he venido!", gritó San
Juan. "¡Llevadme con vosotros!" Al llegar
a la guarida, el joven renegado reconoció al prisionero
y trató de huir, lleno de vergüenza, pero Juan
le gritó para detenerle: "¡Muchacho! ¿Por
qué huyes de mí, tu padre, un viejo y sin
armas? Siempre hay tiempo para el arrepentimiento. Yo responderé
por ti ante mi Señor Jesucristo y estoy dispuesto
a dar la vida por tu salvación. Es Cristo quien me
envía". El joven escuchó estas palabras
inmóvil en su sitio; luego bajó la cabeza
y, de pronto, se echó a llorar y se acercó
a San Juan para implorarle, según dice Clemente de
Alejandría, una segunda oportunidad. Por su parte,
el Apóstol no quiso abandonar la guarida de los ladrones
hasta que el pecador quedó reconciliado con la Iglesia.
Aquella caridad que inflamaba su alma,
deseaba infundirla en los otros de una manera constante
y afectuosa. Dice San Jerónimo en sus escritos que,
cuando San Juan era ya muy anciano y estaba tan debilitado
que no podía predicar al pueblo, se hacía
llevar en una silla a las asambleas de los fieles de Efeso
y siempre les decía estas mismas palabras: "Hijitos
míos, amaos entre vosotros . . ." Alguna vez
le preguntaron por qué repetía siempre la
frase, respondió San Juan: "Porque ése
es el mandamiento del Señor y si lo cumplís
ya habréis hecho bastante".
San Juan murió pacíficamente
en Efeso hacia el tercer año del reinado de Trajano,
es decir hacia el año cien de la era cristiana, cuando
tenía la edad de noventa y cuatro años, de
acuerdo con San Epifanio.
Según los datos que nos proporcionan
San Gregorio de Nissa, el Breviarium sirio de principios
del siglo quinto y el Calendario de Cartago, la práctica
de celebrar la fiesta de San Juan el Evangelista inmediatamente
después de la de San Esteban, es antiquísima.
En el texto original del Hieronymianum, (alrededor del año
600 P.C.), la conmemoración parece haber sido anotada
de esta manera: "La Asunción de San Juan el
Evangelista en Efeso y la ordenación al episcopado
de Santo Santiago, el hermano de Nuestro Señor y
el primer judío que fue ordenado obispo de Jerusalén
por los Apóstoles y que obtuvo la corona del martirio
en el tiempo de la Pascua". Era de esperarse que en
una nota como la anterior, se mencionaran juntos a Juan
y a Santiago, los hijos de Zebedeo; sin embargo, es evidente
que el Santiago a quien se hace referencia, es el otro,
el hijo de Alfeo.
La frase "Asunción de San Juan",
resulta interesante puesto que se refiere claramente a la
última parte de las apócrifas "Actas
de San Juan". La errónea creencia de que San
Juan, durante los últimos días de su vida
en Efeso, desapareció sencillamente, como si hubiese
ascendido al cielo en cuerpo y alma puesto que nunca se
encontró su cadáver, una idea que surgió
sin duda de la afirmación de que aquel discípulo
de Cristo "no moriría", tuvo gran difusión
aceptación a fines del siglo II. Por otra parte,
de acuerdo con los griegos, el lugar de su sepultura en
Efeso era bien conocida y aun famosa por los milagro que
se obraban allí.
El "Acta Johannis", que ha llegado
hasta nosotros en forma imperfecta y que ha sido condenada
a causa de sus tendencias heréticas, por autoridades
en la materia tan antiguas como Eusebio, Epifanio, Agustín
y Toribio de Astorga, contribuyó grandemente a crear
una leyenda. De estas fuentes o, en todo caso, del pseudo
Abdías, procede la historia en base a la cual se
representa con frecuencia a San Juan con un cáliz
y una víbora. Se cuenta que Aristodemus, el sumo
sacerdote de Diana en Efeso, lanzó un reto a San
Juan para que bebiese de una copa que contenía un
líquido envenenado. El Apóstol tomó
el veneno sin sufrir daño alguno y, a raíz
de aquel milagro, convirtió a muchos, incluso al
sumo sacerdote. En ese incidente se funda también
sin duda la costumbre popular que prevalece sobre todo en
Alemania, de beber la Johannis-Minne, la copa amable o poculum
charitatis, con la que se brinda en honor de San Juan. En
la ritualia medieval hay numerosas fórmulas para
ese brindis y para que, al beber la Johannis-Minne, se evitaran
los peligros, se recuperara la salud y se llegara al cielo.
San Juan es sin duda un hombre de extraordinaria
y al mismo tiempo de profundidad mística. Al amarlo
tanto, Jesús nos enseña que esta combinación
de virtudes debe ser el ideal del hombre, es decir el requisito
para un hombre plenamente hombre. Esto choca contra el modelo
de hombre machista que es objeto de falsa adulación
en la cultura, un hombre preso de sus instintos bajos. Por
eso el arte tiende a representar a San Juan como una persona
suave, y, a diferencia de los demás Apóstoles,
sin barba. Es necesario recuperar a San Juan como modelo:
El hombre capaz de recostar su cabeza sobre el corazón
de Jesús, y precisamente por eso ser valiente para
estar al pie de la cruz como ningún otro. Por algo
Jesús le llamaba "hijo del trueno". Quizás
antes para mal, pero una vez transformado en Cristo, para
mayor gloria de Dios.
Fuente Bibliográfica:
Vidas de los Santos de Butler, Vol. IV.

Fiesta
de Los Santos Inocentes
28-12-2011
Murieron por Cristo los niños
inocentes, su gloria será eterna.
Las madres padecieron por un tiempo, ahora comparten el
triunfo.
Los Santos Inocentes: De acuerdo a un relato
del Evangelio de san Mateo (2, 13-13), el Rey Herodes mandó
matar a los niños de Belén menores de dos
años al verse burlado por los magos de Oriente que
habían venido para saludar a un recién nacido
de estirpe regia.
A partir del siglo IV, se estableció una fiesta para
venerar a estos niños, muertos como "mártires"
en sustitución de Jesús. La devoción
hizo el resto. En la iconografía se les presenta
como niños pequeños y de pecho, con coronas
y palmas (alusión a su martirio). La tradición
oriental los recuerda el 29 de diciembre; la latina, el
28 de diciembre. La tradición concibe su muerte como
"bautismo de sangre" (Rm 6, 3) y preámbulo
al "éxodo cristiano", semejante a la masacre
de otros niños hebreos que hubo en Egipto antes de
su salida de la esclavitud a la libertad de los hijos de
Dios (Ex 3,10; Mt 2,13-14).
En nuestro tiempo continúa la masacre
de inocentes. Millones son masacrados por el aborto, millones
más mueren abandonados al hambre... ¿Qué
haces?.
Una voz se escucha en Ramá: gemidos
y llanto amrgo: Raquel está llorando a sus hijos,
y no se consuela, porque ya no existen" -Jr 31,15.
Te rogamos,
Señor…
· Te pedimos padre por todas las
personas aquí presentes que de una u otra forma colaboran
en esta lucha por la defensa de la vida desde el momento
de la concepción hasta su muerte natural. Dales la
gracia, el valor y la fortaleza necesaria para vivir y trabajar
diariamente según tu Santa Voluntad.
· Oremos por el Papa, defensor
incansable de la vida y la dignidad de la persona humana.
Oremos por los obispos, los sacerdotes y diáconos
y por todos aquellos que tienen una responsabilidad en la
comunidad cristiana.
· Te rogamos Señor que ayudes
y protejas a todas aquellas familias que sufren conflictos
graves que ponen en peligro su estabilidad y el bienestar
de sus miembros, en especial de los más pequeñitos.
Que Tu sabiduría los ilumine para que puedan encontrar
en el AMOR la solución a sus problemas y logren obtener
la paz y la tranquilidad necesarias para vivir según
tu voluntad.
· Te pedimos Señor porque
el actual desarrollo científico-biológico
no atente contra la dignidad de la persona humana, sino
que por el contrario lleve a la humanidad a tu encuentro,
para que asombrados por la maravilla de la creación,
sepamos amarla y respetarla.
· Te pedimos Padre, por todos los
bebés que ahora corren peligro de ser abortados.
Para que sus madres, iluminadas por la luz de tu Santo Espíritu,
reconozcan en ellos la maravilla de Tu creación y
cobijadas bajo el manto amoroso y maternal de María,
encuentren el mejor camino para salir adelante de sus dificultades.
· Muy especialmente, te pedimos
hoy Señor por todas aquellas personas que se dedican
a practicar y promover el aborto. Que a través de
Ti, logren conocer la verdad y comprendan que en cada pequeño
ser que eliminan, está presente la maravilla de Tu
creación y de Tu presencia. Ilumínalos para
que comprendan el valor infinito de cada vida humana y,
conscientes de su grandeza, aprendan a amarla y respetarla.
· Inspíranos Padre, para
que recordemos que sin Ti nada podemos y que todo nuestro
esfuerzo, vaya siempre encaminado a ser testimonio vivo
del gran Amor de Dios hacia los hombres. Danos la fuerza
y el valor que necesitaremos para continuar siempre fieles
a tu palabra.
Fuente: www.corazones.org

Fiesta
de La Sagrada Familia
30-12-2011
La sagrada Familia
En la festividad de la Sagrada Familia,
recordamos y celebramos que Dios quiso nacer dentro de una
familia para que tuviera alguien que lo cuidara, lo protegiera,
lo ayudara y lo aceptara como era.
Al nacer Jesús en una familia, el
Hijo de Dios ha santificado la familia humana. Por eso nosotros
veneramos a la Sagrada Familia como Familia de Santos.
¿Cómo
era la Sagrada Familia?
María y José cuidaban a Jesús,
se esforzaban y trabajaban para que nada le faltara, tal
como lo hacen todos los buenos padres por sus hijos.
José era carpintero, Jesús
le ayudaba en sus trabajos, ya que después lo reconocen
como el “hijo del carpintero”.
María se
dedicaba a cuidar que no faltara nada en la casa de Nazaret.
Tal como era la costumbre en aquella época,
los hijos ayudaban a sus mamás moliendo el trigo
y acarreando agua del pozo y a sus papás en su trabajo.
Podemos suponer que en el caso de Jesús no era diferente.
Jesús aprendió a trabajar y a ayudar a su
familia con generosidad. Él siendo Todopoderoso,
obedecía a sus padres humanos, confiaba en ellos,
los ayudaba y los quería.
¡Qué enseñanza nos
da Jesús, quien hubiera podido reinar en el más
suntuoso palacio de Jerusalén siendo obedecido por
todos! Él, en cambio, rechazó todo esto para
esconderse del mundo obedeciendo fielmente a María
y a José y dedicándose a los más humildes
trabajos diarios, el taller de San José y en la casa
de Nazaret.
Las familias de hoy, deben seguir este
ejemplo tan hermoso que nos dejó Jesús tratando
de imitar las virtudes que vivía la Sagrada Familia:
sencillez, bondad, humildad, caridad, laboriosidad, etc.
La familia debe ser una escuela de virtudes.
Es el lugar donde crecen los hijos, donde se forman los
cimientos de su personalidad para el resto de su vida y
donde se aprende a ser un buen cristiano. Es en la familia
donde se formará la personalidad, inteligencia y
voluntad del niño. Esta es una labor hermosa y delicada.
Enseñar a los niños el camino hacia Dios,
llevar estas almas al cielo. Esto se hace con amor y cariño.
“La familia es la primera comunidad
de vida y amor el primer ambiente donde el hombre puede
aprender a amar y a sentirse amado, no sólo por otras
personas, sino también y ante todo por Dios.”
(Juan Pablo II, Encuentro con las Familias en Chihuahua
1990).
El Papa Juan Pablo II en su carta a las
familias nos dice que es necesario que los esposos orienten,
desde el principio, su corazón y sus pensamientos
hacia Dios, para que su paternidad y maternidad, encuentre
en Él la fuerza para renovarse continuamente en el
amor.
Así como Jesús creció
en sabiduría y gracia ante Dios y los hombres, en
nuestras familias debe suceder lo mismo. Esto significa
que los niños deben aprender a ser amables y respetuosos
con todos, ser estudiosos obedecer a sus padres, confiar
en ellos, ayudarlos y quererlos, orar por ellos, y todo
esto en familia.
Recordemos que “la salvación
del mundo vino a través del corazón de la
Sagrada Familia”.
La salvación del mundo, el porvenir de la humanidad
de los pueblos y sociedades pasa siempre por el corazón
de toda familia. Es la célula de la sociedad.
Oración
“Oremos hoy por todas las familias
del mundo para que logren responder a su vocación
tal y como respondió la Sagrada Familia de Nazaret.
Oremos especialmente por las familias que sufren, pasan
por muchas dificultades o se ven amenazadas en su indisolubilidad
y en el gran servicio al amor y a la vida para el que Dios
las eligió” (Juan Pablo II)
“Oh Jesús, acoge con bondad
a nuestra familia que ahora se entrega y consagra a Ti,
protégela, guárdala e infunde en ella tu paz
para poder llegar a gozar todos de la felicidad eterna.”
“Oh María, Madre amorosa de
Jesús y Madre nuestra, te pedimos que intercedas
por nosotros, para que nunca falte el amor, la comprensión
y el perdón entre nosotros y obtengamos su gracia
y bendiciones.”
“Oh San José, ayúdanos
con nuestras oraciones en todas nuestras necesidades espirituales
y temporales, a fin de que podamos agradar eternamente a
Jesús. Amén.”
Fuente: www.catholic.net
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